Dayet Auba o la desaparición de Hugo Peirano

Que en realidad quise contar la historia de Hugo Peirano y acabé atrapado también yo en Dayet Auba es inverosímil, pero absolutamente real. También yo taché el titulo inicial.

Todavía recuerdo el día en que Hugo Peirano elaboró este magnifico ejemplo: en la vida real -dijo─ un asesinato tiene siempre un asesino, no así en el mundo de las palabras, donde nadie mata a nadie nunca. Esa fue su forma singular de arrojar luz sobre el misterio todavía inexpugnable de Dayet Auba. Dijo: las palabras no son un espejo, no reflejan nada; más bien son una ventana a través de la cual se puede cruzar. La maldición de Dayet Auba que yo investigaba y de la que me siento preso, no consiste en otra cosa que en confundir sin remedio el texto con la realidad. Hugo Peirano se fue y no ha regresado. Sin embargo, paradójicamente, es este hecho ─el de su desaparición─ el que me permite mantener abierta la ventana. Fue justamente él, Hugo Peirano, quien, como buen policía, me enseñó que ningún caso se resuelve dentro de la cabeza de un hombre, ni en los libros, sino en lo vasto de las circunstancias que lo rodean y en la cadena de hechos que conforman la realidad.

***

Al principio pensaba que Dayet Auba era el delirio circunstancial de uno de mis

pacientes, hasta que poco a poco fueron viniendo otros aquejados del mismo mal. A todos les pasaba como a Ibn Sharáf de Berja: solo ellos podían imaginar que las estrellas del alba caían lentamente como las hojas de los árboles, pero como se apuntó alguna vez: «La imagen que un solo hombre pudo formar es la que no toca a ninguno». Así actuaba la maldición de Dayet Auba y en todos los casos todo empezaba siempre con un libro del que todos hablaban.

En mi caso, el primer y único contacto que tuve con El libro fue espiritual, no tanto porque lo atisbase como en el sueño brumoso de la fe, como porque simplemente me fue dado tener que creer en él sin ninguna experiencia que sustentase su veracidad, más allá de la acumulación de testimonios, si se puede llamar así al balbuceo inconexo de los pacientes que fueron viniendo a la consulta. Un lenguaje renqueante fue mi primer acceso al misterio.

Fue W el primero en mencionarlo, pero no el último. Todos describían el mismo modus operandi: viajaban a una tierra remota, sin nombre, que algunos podían identificar por

el color naranja de sus calles, el sol abrasador sobre las frentes, el azul y blanco de las casas como en un mar de barro o la extraordinaria forma de las barbillas y de las sandalias y de los ojos; o también de las increíbles narices picudas y afiladas; y una vez allí, en aquel lugar que no sabían describir, eran arrebatados por el misterio de Dayet Auba. Sin embargo, no fue hasta que me percaté que muchos otros eran los que venían repitiendo la misma historia, con los mismos síntomas, cuando me llegó el poderoso arrebato de investigar; porque ya no eran las historias pasajeras de un solo individuo, sino la realidad certera de una comunidad. La pregunta era obvia: ¿qué era Dayet Auba?

Para responderla, mi hombre Hugo Peirano y yo dedicamos mucho tiempo a indagar el misterio. Entrevistamos a los familiares y amigos de todos los pacientes, revisamos sus cuentas de correo, wasap y redes sociales, y, sobre todo, leímos sus diarios. En realidad el lugar al que viajaban (que podía ser distinto en cada caso) era coyuntural: la palabra es como la carcasa que contiene todas las historias concretas que giran en torno a Dayet Auba.

***

Contaré en adelante solo la historia de W. No tiene nombre por deontología y porque W es como el signo de una idea que representaba a todos los demás casos, que aunque distintos en lo coyuntural, son esencialmente el mismo caso que el de W, aunque Hugo Peirano no estuviese de acuerdo con esto último.

Fue durante un viaje a Marruecos, a Fez en concreto, cuando W quedó como absorto en aquel profundo sueño. Tras conducir durante horas en el viejo Citröen Xsara Picasso acompañado de Haydeé y su amigo Omar, llegaron a la ciudad en una profunda noche. El cielo se llenó de mezquitas amarillas hasta donde alcanzaba la vista. Omar ya conocía, al igual que Haydeé, aquellos lugares recónditos y mágicos a ojos de W, que miraba absorto e incrédulo la increíble arquitectura de la medina vieja y el ajetreo del mercado entre sus calles estrechas.

Pudimos haber leído en el diario una primera referencia a la que pudo ser el origen de su mal. Omar y Haydeé dormían en un Riad, pero W estaba como inquieto así que paseó por las calles estrechas y ya vacías de la ciudad. Allí se tropezó de pronto con un viejo con una enorme barba que estaba sentado en el suelo sujeto a un bastón y que tenía los ojos cubiertos por una pátina blanquecina, como mirar de cerca una galaxia -así estaba descrito-. Era ciego. La ciudad era un sueño de aquel hombre y todo allí era fruto de su sueño. Así quedó apuntado por W en el diario. También quedó anotado que le pagó varias monedas y que fue entonces

cuando pronunció al borde de su oído las dichosas palabras: «Dayet Auba». No sabemos qué pudo pasar, ni si acaso todo era en realidad una fantasía de W, ni si habló con el hombre, ni si el hombre existía en realidad, nuestro único testigo era el texto y también la repetición de todos los demás casos casi idénticos, por eso debemos atender al signo: el diario no es tanto un diario como el signo de la existencia de algo a lo que Hugo Peirano y yo debíamos atender, o por lo menos eso pensaba yo, absorto como estaba en su lectura.

A partir de la anécdota del viejo todo cambia. Debajo de unos tachones en la primera página del diario puede leerse un simple: «Diario de viaje», sin embargo, en algún momento aquel titulo provisional fue sustituido por: «Dayet Auba». Los cambios son significativos: hay una evolución de la experiencia del viaje que resulta obvia una vez leído el cuaderno por completo. En las primeras páginas todo tiene el color y el tono de lo nuevo; la gente es diferente, sorprendente la arquitectura, la comida, la lengua, la calle: todo es distinto, pero eso es al principio, porque hay en aquella narración un declive, desde la euforia sin limites de las primeras páginas, de la atracción poderosísima de lo nuevo expresada en el diario con exclamaciones y caligrafía nerviosa, a un cierto decaimiento, a una sensación paulatina de agotamiento, de cansancio, de aburrimiento del signo. Podemos llegar a leer en cierto momento, como a la mitad del diario de W: «Miro un vaso una vez y bebo de él; es un vaso, pero esta palabra: “vaso” no me parece que pueda seguir siendo usada para la segunda vez que bebo, porque el mismo objeto me parece distinto. ¿Cómo nombrar lo distinto como igual? Tengo miedo a estar volviéndome loco. ¿Me estoy volviendo loco?»

Tras la lectura detenida del cuaderno bajo la soledad del flexo, uno puede encontrar un patrón en la evolución del texto. En las primeras páginas todo es sorpresa, admiración y fascinación por lo que viene, después está el episodio del anciano y a partir de ese momento, todo se vuelve hasta cierto punto obsesivo: describe la precisión de las flores; las dibuja en las esquinas del cuaderno, desgrana también con minuciosidad el milímetro de la piedra con la que están hechas las casas y la amabilidad mil veces repetida de los hombres que beben el té mirando al horizonte, incluso los rostros singulares de la recepcionista, de los camareros o de los vendedores de la plaza. Al principio uno reconoce ciertos personajes porque tienen un nombre: Ahmed, Shaifa, Nazil, luego el nombre deriva en una descripción más minuciosa: «La mujer de los guantes» «El hombre de las puertas» «La madre de los mil hijos», pero poco a poco los personajes van mutando y cada nombre tiene asignado cinco o seis descripciones que acaban por sustituir al nombre inicial. Una flor es dibujada diez veces en una página y es llamada «Azahar», dos páginas más adelante la misma flor es dibujada en los bordes del papel y es llamada por lo menos de 5 formas diferentes y podemos leer que el

lenguaje es como un bisturí que tiene que ser preciso y efectivo y que la flor no puede ser llamada igual cuando en un caso ha sido entregada por la mujer de los guantes y cuando en el otro era sujetada por la madre de los mil hijos. ¿Cómo iba a ser entonces la misma flor? ¿Por qué llamarla igual? En las páginas siguientes esta obsesión continua: se repiten los mismos dibujos, pero cada uno es nombrado con una palabra diferente, la mayoría inverosímiles: litrope, atil, lobri, ontru etc. Al principio hay una cierta ambición o percepción poética de esta diversidad de lo real y por eso se puede llegar a leer que el lenguaje es el límite de nuestro mundo y que hay poesía siempre que se atraviesa ese límite que impone el lenguaje. «Hay poesía en el más allá de las cosas. Hay poesía donde hay viaje» llega a escribir. Pero esta primera pasión se va desvaneciendo. De la mitad del cuaderno en adelante hay decenas de páginas donde tan solo está escrita la misma palabra repetida una y mil veces y al final de cada página viene acotado entre paréntesis: “(repetir en voz alta)”, luego según vamos avanzando hay dibujos y palabras inventadas, cientos de ellas, y al final solo se repite la misma palabra «Dayet Auba». Así como los sufíes repiten mil veces su nombre o mil veces el nombre de Dios hasta que no significa ya nada, así acechaba Dayet Auba también las cabezas de los hombres que habían accedido al misterio: agotando el signo hasta que ya no había lenguaje, solo sonido, repetición.

Después de que Omar y Haydeé se marcharan, las narraciones se terminan y poco más podemos saber del viaje; tan solo que él pudo estar por lo menos un mes más en el que le dio tiempo a llenar ese cuaderno.

***
Hugo Peirano y yo dudábamos sobre cuándo pudo ser cambiado la titulo en la primera

página. El tachón respondía para Hugo Peirano a una mera formalidad, para mí, sin embargo, el tachón respondía a una sustitución esencial: no era ya el mismo relato. La palabra Dayet Auba convertía un relato más o menos elaborado en un artefacto. El cambio del título cambiaba todo lo allí escrito. Hugo Peirano defendió que no cambiaba nada, tan solo el título, y repitió: «es una mera formalidad, una licencia del texto». Yo defiendo, aun ahora, que es clave. Es cierto que a ambos nos sorprendió no encontrar ninguna referencia a El libro del que me habló W los primeros días, salvo, claro está, las menciones poéticas y metafóricas al Libro del mundo.

Durante muchas noches repasé el texto de W una y mil veces bajo la luz del flexo buscando una clave, pero no encontré nada. Una tarde llamé a W a la consulta y le enseñé su diario. W se quedó sorprendido y asustado. Repetía: Libro, libro, libro, señalando su diario.

Le enseñé el tachón y le pregunté por qué lo tachó, pero no obtuve respuesta; tan solo repetía: Dayet Auba y cuando le preguntaba por Dayet Auba señalaba el libro, y entonces yo lo abría y le decía muy lento, casi paladeando las palabras, silaba por silaba: «¿Qué pasó?» pero W respondía señalando algo en el libro. «¿El viejo?» preguntaba yo, él asentía, y yo volvía a preguntar por lo que había pasado y el balbuceaba entonces Dayet Auba, y así podíamos estar horas, atrapados en un signo que se escapaba. No había afuera.

Tras muchas noches de insomnio y de lecturas buscando alguna pista entre las páginas de aquel diario creí estar volviéndome loco; me obsesioné con el texto. Hugo Peirano, como buen policía, quería ceñirse a lo concreto y valorar las circunstancias particulares. Intenté convencerlo de que podían ser circunstanciales la hora, el lugar, el sitio, e incluso falsos los nombres y que sin embargo, nada de eso cambiaba el fondo del asunto; el lenguaje es siempre una pista, por eso el lenguaje es siempre policial, porque esconde y muestra a un tiempo; porque se puede ver reflejada en él la cadena finita de hechos que llevan a la verdad. Hugo Peirano no estuvo de acuerdo y dijo que eso solo pasaba en, como él lo llamaba: «el mundo de las palabras», pero que en la realidad -dijo tocando la mesa─la hora, el lugar, el sitio y los nombres sí importaban; y fue entonces cuando me indagó acerca de si quería resolver un caso o un texto. La mención del ejemplo que referí al principio ocurrió justo en este momento y resultó ser reveladora.

Hubo un descubrimiento de Hugo Peirano que fue tal vez definitivo: ningún cuaderno o diario de todos los que leímos mencionaba un libro. No obstante sí lo hacían los pacientes que hablaban de un libro. Esto llevaba a una conclusión que nos resultó más o menos obvia: no hay ningún libro en especial o hay todos los libros; cada uno el suyo. Sus propios diarios eran El libro, por lo tanto podríamos decir que eran formas distintas del mismo libro. Su experiencia estaba contenida en el texto del diario, que a su vez se convertía en condición de la experiencia de los propios protagonistas, habían sido así atrapados dentro de sus propias libros. Tal vez en eso consistía el misterio. Pero esto era solo una hipótesis que podía o no haber sido real.

Tras este descubrimiento Hugo Peirano me invitó a viajar siguiendo los pasos de W y del resto; me dijo que habíamos llegado al límite de lo que se puede investigar en los diarios; que Dayet Auba era una maldición y que lo era realmente más por su efecto que por su origen, y que si quería saber algo más tenía que volver de este lado de la ventana «al mundo real». «Viaja al lugar» me dijo. Yo me negué, me pareció una idea peregrina; por eso fue él quien viajó siguiendo los pasos de W.

Nos mantuvimos en contacto por teléfono. Al principio todo parecía normal. Hugo Peirano estaba como extasiado con los lugares, la gente y la arquitectura. Leímos detenidamente el diario de W e intentamos recorrer los mismo lugares que había recorrido él.

─Busca al viejo ─ le dije ─ certifica que existe.

Hugo Peirano lo buscó por las calles estrechas y bulliciosas de Fez. Durante varios días no encontró nada de lo que andábamos buscando; como predijo Hugo Peirano, el lenguaje no era un espejo que refleja, sino una ventana; poco había en aquel lugar de lo escrito por W en su diario.

─Busca por la noche – le dije.

Así lo hizo, y durante muchas noches no encontró nada. Mi ánimo decaía. Pasaba los días releyendo el diario buscando alguna clave mientras él visitaba cada rincón de la ciudad. Pero una mañana, no sé si llevado por el cansancio, el aburrimiento o el hastío, Hugo Peirano dijo haberse topado con un hombre que respondía exactamente a la descripción que había hecho W en su diario. Los ojos eran efectivamente blancos por la ceguera y también, así lo describió Hugo Peirano, le pareció que mirar a los ojos del viejo era como mirar dos galaxias encendidas. Luego le dio dos monedas y se agachó a su lado, pero esta vez fue él quien se acercó al oído del viejo y le preguntó por Dayet Auba. Hugo Peirano contó que el anciano abrió sus ojos blancos todo lo que pudo y que vio en ellos una verdad revelada: que todo era un sueño en los ojos de aquel viejo. Sus palabras eran idénticas a las que podían leerse en el diario de W; salvo alguna licencia dramática, y aunque cambiaban algunas circunstancias de índole menor, por ejemplo que el hombre tanteó con las manos el cuello de la camisa de Hugo Peirano, que lo atrajo para sí y le dijo con voz grave, como proveniente del centro de la tierra: «Dayet Auba», en lo esencial el relato fue idéntico al de W.

Estos fueron sus últimos testimonios. Nunca llegué a saber si fueron reales o inventados por la cabeza de Hugo Peirano, pero sí sé que dejó de coger el teléfono, de escribir y de contestar a los mensajes. De él solo me quedan estos recuerdos que ahora escribo y su ejemplo iluminador: «En la vida real un asesinato tiene siempre un asesino, no así en el mundo de las palabras, donde nadie mata a nadie nunca». Pienso muchas veces si lo mandé a morir; también he pensado si tal vez debería ir en su busca, enfrentarme a este insomnio del texto que es Dayet Auba, aunque a veces he dudado de si existe más allá de las palabras. Al fin y al cabo de Hugo Peirano solo tengo su testimonio. Lo más terrible es que, inventado o no, Dayet Auba es más real ahora que nunca, no tanto por su verdad como por su efecto. Paradójicamente Hugo Peirano representa a un tiempo la resolución del misterio y su forma más grave: no se puede estar en los dos lados de la ventana a la vez.

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